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La perdiz chica
Presa preferida de cazadores
por la excelencia de su carne, es también ave muy útil para la agricultura.
La perdiz chica común (Nothura
maculosa) pertenece a la familia Tinamidae, que agrupa en nuestro
país a unas dieciséis especies, entre ellas la perdiz colorada y la martineta o
copetona.
Habita
pastizales en campos abiertos naturales o cultivados de casi todo el país, desde
el extremo norte hasta Santa Cruz. También se la encuentra en Uruguay, Paraguay,
este de Bolivia y sudoeste del Brasil.
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Los primeros viajeros
españoles que llegaron a este continente le dieron el nombre de perdiz por
hallarla parecida a la perdiz europea que ellos conocían; sin embargo
pertenecen a familias distintas.
El nombre indígena de la
perdiz es inambú, vocablo de origen guaraní, pero preferimos seguir usando
la denominación vulgar de perdiz, por su gran arraigo en la Argentina.
Come granos y otros
vegetales (hojas tiernas, brotes); también insectos adultos, crisálidas y
orugas. En menor proporción hallase en su contenido estomacal materias de
origen mineral, como piedritas o arena. Por su régimen alimentario, que
incluye semillas de un gran número de malezas e insectos dañinos, debe
considerársele como ave muy beneficiosa.
Su canto, un silbido
melancólico sumamente agradable es, sin duda, uno de los placeres auditivos
que nuestros campos proporcionan al caminante. Se lo oye preferentemente en
las primeras horas de la mañana o al atardecer, y con mayor frecuencia
durante la época de cría. |
Nidifica desde septiembre a
mayo ‑lapso en el que hace varias posturas‑ en el suelo, junto al pie de alguna
mata. Oculta tan bien su nido que resulta muy difícil descubrirlo si el ave no
levanta vuelo.
Pone hasta ocho huevos de
color chocolate oscuro uniforme, con brillo. Como en otras especies de la
familia, el macho se encarga de la incubación y del cuidado de los hijos, y es
posible que varias hembras pongan en un mismo nido.
Solitaria, sedentaria,
terrícola, está muy bien dotada para caminar y correr. Ocultase también con
singular maestría; aprovecha para ello su mimético plumaje, que al permanecer
inmóvil se confunde con la vegetación que le rodea, o aun con el suelo casi
desnudo.
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La perdiz
levanta vuelo sólo en casos de extrema necesidad y esta característica es
bien aprovechada por los cazadores. Relatos de viajeros y naturalistas que
recorrieron las llanuras argentinas en los siglos XVIII y XIX describen
cacerías con métodos muy simples: sin bajarse del caballo daban varias
vueltas en torno del ave, estrechando cada vez más el círculo hasta que
aquella se echaba expectante y no atinaba a huir; entonces se la golpeaba
con el rebenque o con un palo. También solía emplearse una larga caña (de 3
o 4 m) provista en su extremo de un lazo, con el que se tomaba el cuello de
la perdiz. |
Si se la obliga a levantar
vuelo repentinamente, sin tiempo para calcular la proximidad y la altura de
obstáculos, como un alambrado o una pared, la perdiz suele sufrir accidentes.
Guillermo Hudson cuenta que en el curso de una cabalgata de sólo cuatro
kilómetros vio como tres de estas aves, que levantaron vuelo junto a su caballo,
hallaron la muerte al estrellarse contra una cerca próxima al camino. Refiere
también haber visto otra perdiz que se estrelló en vuelo contra la pared de una
casa.
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Torpe, pero no tanto
En la actualidad, algunas
personas sostienen que persiguiéndola a caballo o con perros resulta sencillo
apresarla con la mano, pues sólo vuela trechos cortos y pronto el cansancio la
agota. Esta afirmación ‑que personalmente nunca pudimos comprobar‑ se suma a
otras exageraciones sobre el vuelo de la perdiz, que si bien es torpe y casi sin
posibilidad de modificar su dirección, es lo suficientemente veloz, elevado y
sostenido como para ponerla a salvo de enemigos. Se inicia en forma violenta y
ruidosa, y con lapsos de aleteo y planeo pueden extenderse, en casos de
necesidad, unos 300 metros.
Así, lo de capturar perdices
con la mano siempre nos pareció un método similar al de "echar sal en la cola".
Mucho más en estos tiempos, cuando los alambrados que limitan los campos harían
imposible una persecución sin interrupciones.
De cualquier manera, la
facilidad de su captura y la excelencia de su carne convirtieron a esta ave,
desde tiempos remotos, en presa favorita de los cazadores.
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